
Introducción
Los síntomas de los niños suelen interpelar a los padres; acaso porque sea justamente esa interpelación, a veces velada, otras, esquiva, siempre inconsciente, el fundamento mismo de los síntomas. A diferencia de los adultos, los niños no piden una consulta; son traídos por los padres. Y para que los padres hagan esa consulta, ese llamado, es porque hay algo en aquella interpelación que los excede, que ya no puede ser tolerado.
Se podría imaginar para poner a prueba esta afirmación un cuadro grotesco; un niño que, por ejemplo, se hiciera pis periódicamente y que sin embargo, los padres optaran por renovar sábanas y colchones; o por interrumpir el sueño cada media hora para llevarlo al baño, o por abandonarse y abandonarlo a la suciedad cotidiana; es decir, un cuadro donde la legalidad interna de la casa, del hogar, incluyera, a lo que nosotros llamaríamos síntoma. ¿Podríamos afirmar que existiría un síntoma en ese caso? O pensemos un contraejemplo; un niño que comienza el jardín, los primeros días, el período de adaptación donde el niño debe desprenderse de los padres. En esos días se acostumbra ver escenas de llanto; pequeños o no tan pequeños duelos que se prolongan durante cierto tiempo; a veces días, semanas, meses, incluso, hasta que algo conccluye. Todo esto es lo corriente, lo habitual, casi lo esperable. Imaginemos padres que al segundo o tercer día realizaran una consulta a causa de aquellas escenas; ¿no tendría esa consulta un valor sintomático? Los síntomas de los niños son una interpelación, pero no una cualquiera (al fin y al cabo, los niños, los hijos, viven interpelando a sus padres) es una en particular; una que los padres (o al menos uno de ellos), y a diferencia de otras, no pueden tolerar porque los angustia y acorrala. Esa angustia que es necesario transferir, a veces se intenta compartir con la escuela, con el pediatra, con el neurólogo o el psicopedagogo y también con un analista.
1.
Los síntomas siempre reflejan alguna particularidad, alguna grieta de la cultura, del tiempo histórico. Son, a un tiempo, particulares y universales. En cada caso hay una singular y subjetiva determinación, y sin embargo, los relatos, las tramas suelen no ser originales, repitiéndose con leves variaciones. Desde el advenimiento de la modernidad, muchos de los problemas que presentaron los niños (para los adultos) encontraron respuesta en la disciplina. Los niños disciplinados debían ser niños dóciles y obedientes; un buen niño, un niño bueno, era aquel que acataba las reglas de la buena conducta. La disciplina, que heredó y mezcló elementos de la milicia y de la religión, filtrados por la nueva ciencia moderna, sabía regir (y corregir) a los niños. Pero la modernidad tardía, los derechos del niño, la declinación de la familia patriarcal, y las nuevas pedagogías, acarrearon el declive lento, pero declive al fin, de la disciplina. Su rigidez la ha vuelto insensible, y ha ido perdiendo consistencia en los imaginarios deseables para la infancia de finales del siglo veinte y comienzos del veintiuno. No ha desaparecido del todo sin embargo; aún sobrevive; cuando un adulto no sabe qué hacer con un niño, las prácticas y valores “antiguos”, recobran, débilmente, cierta vigencia. (Muestra de la persistencia de aquellos elementos son los castigos, premios y penitencias, que mitigados, todavía son muy comunes en el trato de los adultos con los niños).
Como el final del siglo veinte se resolvió con la generalización en occidente de un modelo económico de mercado, no resulta extraño que otro de los imaginarios que dominan en el trato de o con la infancia sea la negociación o, en su cariz más legalista, el acuerdo. Se tiende, de esta forma, a igualar niño y adulto, y a que los dos deben quedar satisfechos y renunciar a su vez a alguna parte, para privilegiar algo más allá, no del todo claro, que en los términos económicos es sencillo, porque es el negocio, la ganancia o la renta. Pero este sesgo, mucho más actual y aceptado, también va cayendo en desuso. La prevalencia de las nuevas tecnologías de la comunicación que, veinticuatro horas al día, nos permite establecer contacto, con cualquier parte del planeta, sin ninguna demora, genera quizá otra forma en el malentendido entre niños y adultos: se trata ahora de límites. Surgen así preguntas acerca de eso: cuáles son los límites de los niños, de los adultos; cómo se los implanta, cómo se los remueve, cómo se los puede sostener.
2.
Muchos padres suelen tener una fantasía en común: sienten en su intervención un “capricho castrador”; el límite queda así como algo arbitrario y despótico que frustraría una borrosa capacidad creadora y siempre innata en sus hijos. Esa interpretación, esa fantasía deja ver una verdad: el temor ante la demasía o voluptuosidad a la hora de intervenir y lo insoportable del corte reflejado en el dolor del niño. Cuando los padres se esfuerzan y no eligen el límite el resultado es la frustración absoluta: todo sigue igual y además, ahora se agrega el dolor del niño, su desconsuelo, por haber sido tocado en su goce. Proponemos un límite que, por un lado, hable del intervalo insalvable entre un sujeto y otro, si es que en verdad vamos a reivindicar en el niño también a un sujeto; si esto es así el límite es siempre la manifestación de la frontera, de la diferencia entre un deseo y otro cuando no hay encuentro; y por otro lado, el límite cuando se trata del niño y se trata de los padres, si en algún principio se puede fundar, es en el cuidado, en la regulación de un goce, de impulsos que el niño no podría dosificar solo y que podrían exponerlo a algún peligro. Los límites no vienen así a cubrir o disimular limitaciones de los adultos; por el contrario, son las limitaciones que los adultos asumen y transmiten a los niños. Como cualquier acto verdadero, el límite es imperfecto, pero expresa la comprensión de la diferencia, de las imposibilidades y deja el margen necesario para un deseo real y posible. Los adultos, los padres, transmiten sus límites a los niños (y también transfieren sus límites, pero esa será, en todo caso, tarea de análisis de ese niño cuando devenga adulto).
3.
¿Qué sucede cuando ese límite, ese intervalo, esa frontera no existe? Algo debe suplirlo, al menos de forma desfigurada. Ocurren deslizamientos, sustituciones que realiza el inconsciente para estar compensado, lo cual no siempre significa en equilibrio estable. Los síntomas en la infancia son la manifestación de ese reemplazo, de ese comercio; donde no hubo intervalo, donde no hubo límite, hay síntoma. Un ejemplo de esto son algunas fobias o temores infantiles (no siempre, vale aclarar, porque recordemos también que la infancia es fóbica por estructura, en la infancia en tanto se trata de la adquisición de la experiencia del lenguaje, se expresa la infancia del hombre, su pasado arcaico sin lenguaje). La oscuridad, los monstruos, tal o cual animal o insecto vienen a compensar lo excesivo en la economía psíquica del niño. Por eso en cierto sentido, las fobias a menudo operan donde el intervalo desaparece, donde los adultos no han intervenido porque de eso no quieren saber. El inconsciente de los niños, tan feroz, pero menos sutil que el de los adultos, posee una lógica de crimen y castigo; entendiendo por crimen al exceso en sí.
Cuando estos episodios (fobias: a estar solo, a los autos, a los animales, a los alimentos, al agua, pesadillas) adquieren el valor de síntomas es difícil removerlos, interrogarlos si no encontramos la representación, la verdad que ha sido sustituida o reemplazada por esta metáfora. Nada podemos intervenir sobre ese miedo en este nivel porque ese miedo está solucionando, compensando otra cosa. Debemos mirar otras zonas, otros rincones (y por eso el análisis de niños incluye fatalmente a los padres), atender otros detalles de la vida de ese niño, ubicar dónde se encuentra el exceso insoportable que la pesadilla o la fobia vienen a denunciar.
Lic. Edgardo Scott
M.N. 31599
