
La intervención de los profesionales de la Salud Mental en el terreno de la Oncología va pareja al avance que se ha generado en el tratamiento de las enfermedades oncológicas. Esto comenzó a evidenciarse marcadamente en la década de los ´80 donde, tener cáncer, deja de significar una muerte inminente y se sitúa junto al grupo de enfermedades del terreno de las patologías crónicas. Así es que surge un nuevo paciente que, al prolongarse su vida, genera tanto en él, como en su medio familiar –y también en el equipo de salud- nuevas necesidades. Esta situación significó un cambio de paradigma de atención. Se pasó de un supuesto en el cual enfermar de cáncer significaba morir inmediatamente, a una dimensión en la cual enfermar de cáncer, en muchos casos pasó a ser “vivir con cáncer”, pudiendo pensárselo como una herida que no cierra pero con la que se puede continuar la existencia.
Se plantea entonces la necesidad de convocar a profesionales de otras áreas para resolver los problemas inéditos que esta situación comenzaba a plantear, y dio lugar a la generación de nuevas especialidades o sub-especialidades tales como la psicooncología o los cuidados paliativos. Surge la posibilidad de pensar en términos donde el éxito terapéutico no pasa ya por la curación de la enfermedad, sino por conseguir la mejor calidad de vida para el paciente que debe convivir con la enfermedad.
Algunos de los objetivos específicos de la psicooncología serían propiciar un canal de comunicación directo con el equipo sanitario, mediante un abordaje integral, que actúe lo más precozmente posible a fin de prevenir estados de ansiedad y depresión; generar intervenciones que disminuyan el sufrimiento, amortigüen el impacto psicológico y faciliten el proceso de adaptación del enfermo y sus familias de tal modo que puedan dar una nueva significación a su situación; abordar la calidad de vida del paciente y sus familias en las distintas fases de la enfermedad, fortaleciendo una adecuada adhesión al tratamiento; definir y detectar la prevalencia, naturaleza y manejo de los problemas que impactan negativamente en el curso clínico de la enfermedad; y ayudar a prever posibles complicaciones como claudicación de la familia, trastornos en los niños y duelos patológicos. Estos objetivos orientan nuestra práctica cuando el paciente permanece internado realizando estudios y controles médicos; cuando recibe tratamiento específico (quirúrgico, como de quimioterapia o radioterapia); como así también de forma ambulatoria.
Considero insoslayable mencionar que la inclusión de cualquier profesional de la Salud que se inserta en dispositivos hospitalarios, o dentro del ámbito privado, no debería en ningún momento descuidar la concepción permanentemente presente en el imaginario social, de que el hospital es el lugar de asistencia a los enfermos, en el que se espera no solo la curación, sino también el alivio sintomático. Es precisamente desde esta convicción tenaz que considero el rol particular del psicólogo como un Recurso de Salud que junto con otros profesionales de distintas disciplinas atenderá las necesidades físicas, emocionales, sociales y espirituales de los pacientes y sus familias. Se buscará proteger, fomentar, rehabilitar y restaurar la armonía entre el individuo y su ambiente que razonablemente resulta conmovida ante el diagnóstico de una enfermedad oncológica, ofreciendo una alternativa fundamental para optimizar el tratamiento de dichas enfermedades.
Si nos detenemos a pensar en aquello que siente un paciente con cáncer, debiéramos decir que es una enfermedad que supone un fuerte impacto para quien lo sufre y para su entorno. Esta asociada a una experiencia de sufrimiento y vulnerabilidad que conlleva un alto nivel de estrés reactivo al diagnóstico mismo. Cada sujeto responde a las situaciones que se le presentan no desde un vacío sino desde una historia que contextúa y da significado al evento para ese individuo particular. De la misma manera, la respuesta orgánica tiene una historia y mecanismos específicos. No es lo mismo alguien que tiene antecedentes hereditarios que alguien que no los tiene, o una enfermedad previa que suponga una predisposición.
Existen diferentes estilos de adaptación: 1) espíritu de lucha; 2) evitación o negación; 3) fatalismo; 4) desamparo y desesperanza; 5) preocupación ansiosa. Entiendo que la adaptación es un proceso dinámico mediante el cual la persona se adapta al nuevo panorama con el que tiene que lidiar, atravesando por etapas que irán desde la negación hasta la aceptación, pasando por emociones como la ansiedad, angustia, ira y tristeza. La psicoterapia apuntará a transformar la representación mental que elaboran los sujetos de su enfermedad, con el objetivo de extender el horizonte de vida percibido y aumentar los niveles de satisfacción vital. Los alcances dependerán en gran medida de la oportunidad que brinde el vínculo terapéutico como vehículo para abrir nuevas posibilidades en la búsqueda constante de los seres humanos por otorgar sentido a su existencia.
Alguna vez me han preguntado ¿Cuándo se podría considerar que un individuo es vulnerable al cáncer? Indudablemente no es una pregunta sencilla de responder. Considero que son múltiples los factores. Puedo decir que un aparato mental adecuadamente mentalizado, que utilice todos sus recursos, tiene todas las posibilidades de agotar y frenar los efectos que puedan producir traumatismos, antes que alcancen la esfera somática. Los sucesos que pueden tener un efecto traumático no necesariamente son negativos o catastróficos. No es el suceso en sí, sino la valoración que el individuo realiza del suceso y la plasticidad para afrontarlo, que estaría dada por sus recursos psíquicos. Existen teorías que relacionan el inicio del cáncer con reacciones ansiosas o depresivas ante eventos estresantes. Aquí habría que pensar que no tanto el suceso sería causal sino que mas bien actuaría acelerando la manifestación clínica de algo que ya se estaba gestando. La vulnerabilidad psicológica no viene solo derivada por un déficit de recursos, sino por la relación entre la importancia que las consecuencias tengan para el individuo y los recursos de que disponga para evitar la amenaza de tales consecuencias. Puede concebirse la vulnerabilidad en términos de “amenaza potencial” que se trasforma en “amenaza activa” cuando pone en peligro efectivo al individuo.
Lic Javier Neumann
M.N: 41.564
